Vampiros en Vichy



Ciudad de México.- La propuesta era interesante, pero condenada al fracaso. Iríamos a Rumania, a la región de Transilvania para conocer el castillo del conde Drácula, que en realidad se llamó Vlad Tepes y que tenía categoría de héroe, para algunos, porque resultó capaz de detener a los turcos en el siglo XV, con procedimientos tan sanguinarios que originaron múltiples leyendas a su alrededor.



La abuela se había comprometido. De paso, decía, –creo que más en serio que en broma–, acudiría a una de las clínicas de tratamiento para la piel y de rejuvenecimiento.



Por eso, al itinerario de España y Francia, para ver a la familia, le sumaríamos viejos poblados medievales en un país donde gobernaba, con mano de hierro, Nicolae Caucescu.



Debió ser a finales de los años setenta, porque el pasaporte español de la abuela tenía una leyenda que señalaba: “Válido para todos los países, con excepción de los socialistas”.



Un viejo resabió del franquismo, aunque ya para ese momento diluyéndose en un exitoso proceso de transición a la democracia.



Nunca llegamos a Rumanía, es más, nos quedamos en Vichy, para escuchar las historias del tío Pedro sobre la Resistencia francesa, acompañándolo de cacería, aunque uno no supiera disparar un rifle y mucho menos matar una ardilla.



Pero los vampiros estaban ahí, de algún modo, en la magia que tienen los bosques y en la vida dura del campo.



Ni la abuela ni su hermano vieron alguno, pero conocieron cosas mucho peores, de esas que ya no se cuentan, que pasan en la guerras y se quedan grabadas en lo más profundo de las miradas, inaccesibles y presentes a la vez.



En el tren a París, por la noche, yo le insistía a la abuela en las siluetas misteriosas que se podían captar desde las ventanillas del vagón, cuando los reflejos de las luces se confundían entre las sombras.



Me decía que ella de espantos ya había tenido suficientes y que la dejara dormir. Creo que se lo perdió, porque al paso de los años nunca volvieron aquellas figuras misteriosas.



La abuela murió en México una semana Santa de hace ya varios años, pero aún recuerdo los viajes a su lado, su capacidad para generar opulencia en cualquier momento y ante cualquier estrechez.



Hoy sé que eso se debe a la experiencia, a saberse triunfadora en un mundo que se partió en dos, y en el que no pudimos ir a Transilvania, pero a cambio escuchamos el golpe brutal del metal de los trenes, las fronteras y sus pasos pasos francos, el retorno, casi cada lustro, a nuestro castillo, aunque no lo supiéramos.

  • Julián Andrade Jardí

    Julián Andrade Jardí

    En la actualidad soy periodista y consultor. Escribo en diversos medios y entre ellos Forbes, La Crónica de Hoy y Etcétera. En La Razón me desempeñé como columnista y editor jefe. En Milenio trabajé como coordinador de información y en La Crónica de Hoy como subdirector. Dirigí Newsweek en español. En el ámbito de gobierno, fue coordinador general de comunicación social en el gobierno de la Ciudad de México y en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de Federación. Soy autor de la novela "La lejanía del desierto" y coautor, con Jorge Carpizo, de "Asesinato de un cardenal".